De Colón y Fray Junípero a Jebediah Springfield.

Por Ángel Barahona Plaza

 

 

Tras un artículo de Nirmal Dass[1] y pensando en los acontecimientos en EEUU de las últimas semanas se me hace urgente volver a golpear el teclado.

Las teorías sociológicas y los analistas políticos están perplejos por las decapitaciones de estatuas de Colón, Fray Junípero, etc. Obviamente, escapa a toda lógica lo que está sucediendo. Recordaba un pasaje de los Simpson en el que el pueblo trata de linchar a Bart porque éste le había cortado la cabeza al explorador fundador de la ciudad de Springfield, un tal Jebediah, por integrarse en su propio grupo afectivo de amigos. La masa incentivaba el linchamiento a lo largo de todo el capítulo, al margen de la ley. Había que buscar un culpable. Los Simpson no solo recogen el modo de vida americano de forma irónica/cínica, sino la forma mental de pensar de las masas.

Simpsons e iconoclastia_1
“The Telltale Head”, temporada 1, episodio 8 de The Simpsons. Las estatuas de los fundadores también pueden ser defendidas por el pueblo.

La masa no necesita saber historia, ni lo quiere. No sea que descubra las verdaderas razones por las que se tira a la calle a sacrificar hombres o sus estatuas. La masa de Springfield sale a la calle con azadones, antorchas y guadañas a linchar a los culpables como si se tratase de una representación de caza de brujas. Aquellos que ayer fueron decapitados, a los que luego se les levantaron sepulcros o esculturas de mármol, ahora vuelven a ser víctimas en sus figuras y representaciones por enésima vez… de la furia y la rabia de las masas. Se trata de ciclos de linchamientos y decapitaciones que no hace más que replicar en la ficción lo que muestra la historia. Ahora se trata de que la historia replique la ficción. Volveremos a los linchamientos al margen de la ley porque las masas están más allá de ella. Si las masas conocieran algo de historia o quisieran salir de su voluntaria ignorancia sabrían que toda América (y África, Europa y Asia, antes y después) los sacrificios humanos y el canibalismo fueron rasgos importantes de todas las culturas indígenas, en América del Norte, Central y del Sur. Dice Nirmal Dass:

Por ejemplo, los Tiwanaku en Bolivia, los Tupi-Guaranís en Brasil, etc. Se entregaba a los dioses de los volcanes, de los terremotos, vírgenes y niños como ofrenda, que después eran sacrificados.

Una historia cercana en el tiempo aconteció en Chile, cuando los mapuches señalaron a uno de estos niños, como víctima para el sacrificio, para aplacar a los dioses y parar los terremotos que los amenazaban, arrojándolo al océano. Todavía hoy hay quien defiende que hay que respetar las costumbres de las mapuches y que la ley chilena debe reconocerlo explícitamente. En el artículo de Nirmal se dice algo, constatado por todos los antropólogos serios (no os indigenistas y relativistas), escandaloso pero que se oculta tras el buenismo:

(…) los aztecas cocinaban la carne de sus víctimas en un estofado, con tomates y pimientos. También tenemos los hallazgos de Ecatepec, cerca de México DF, o los de Tula, en Burnt Mesa (New Mexico), los del Cañón de Mancos (…) Los Atakapa de Luisiana [también practicaban sacrificios humanos y canibalismo], como los Tupinamba, y los Caribes (el mismo término de “caníbal” parece venir del de esta tribu, encontrada por Colón en las Antillas). Más al norte tenemos los sofisticados rituales de tortura, ejecución y canibalismo de los iroqueses, los hurones y otros pueblos de los Grandes Lagos, las grandes praderas y las costas del Atlántico y el Pacífico, incluso hasta el Ártico, como en el yacimiento de Saunuktuk. Como dicen en privado [no se atreven a decirlo en público por corrección política] los investigadores que han estudiado el periodo precolombino, “uno no querría haber vivido en casi ningún lugar de América en aquella época”. […] [Pero el relativismo cultural hace que] nadie se atreva a decir que una cultura pueda ser mejor que las otras, especialmente si se trata de la occidental. La exhortación es siempre la misma: “Debemos entender, no juzgar”. ¿Pero cómo entender que se torturara, sacrificara y comiera a los niños? Más importante, ¿qué hay que entender sobre ello? […] [Además, la neutralidad de los progresistas es falsa. No son realmente relativistas]: Tienen una agenda: culpar a los europeos de todo lo que destruyeron.

Como atestiguaba Pedro Cieza de León cuando llegó a Perú en el 1550[2]:

cronicadelperuTodos los naturales de esta región [la Amazonia hoy peruana] comen carne humana; […] en tomándose unos a otros, como no sean naturales de un propio pueblo, se comen. Gustaban especialmente de la tierna carne de los niños, y oí decir que los caciques buscaban de las tierras de sus enemigos todas las mujeres que podían, las cuales, traídas a sus casas, usaban con ellas como con las suyas propias; y si se empreñaban de ellos, los hijos que nacían los criaban con mucho regalo hasta que habían doce o trece años, y de esta edad, estando bien gordos, los comían con gran sabor […] 

Otro fraile, uno de los doce apóstoles de México, Fray Toribio de Benavente (Motolina [el pobre o afligido] fue el nombre náhuatl que se escogió), es el autor del siguiente testimonio etnográfico:

Tenían una piedra larga […] en lo alto de las gradas, delante del altar de los ídolos. En esta piedra tendían a los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho muy tenso, porque los tenían atados los pies y las manos, y el principal sacerdote […] de presto con una piedra de pedernal, hecho como un navajón […] con mucha fuerza abría al desventurado y de presto sacábale el corazón […], y caído el corazón estaba un poco bullendo en la tierra, y luego poníanle en una escudilla [cuauhxicalli] delante del altar. […] Los corazones a veces los comían los ministros [sacerdotes] viejos; otras los enterraban, y luego tomaban el cuerpo y echábanle por las gradas abajo a rodar; y llegado abajo, si era de los presos en guerra, el que lo prendió, con sus amigos y parientes, llevábanlo y aparejaban [preparaban] aquella carne humana con otras comidas, y otro día hacían fiesta y le comían. […] En esta fiesta [Panquetzaliztli] sacrificaban de los tomados en guerra o esclavos […], según el pueblo, en unos veinte, en otros treinta, o en otros cuarenta o hasta cincuenta y sesenta; en México [la capital] se sacrificaban ciento y de ahí arriba[3].

Pero no son historias de frailes inventadas para justificar la evangelización. Puede consultarse la ingente literatura antropológica no contaminada por el relativismo de moda para darse cuenta del nivel que tenían los ríos de sangre de todas las culturas de la tierra. Véase como muestra El sacrificio humano entre los mexicas, de Yolotl Gonzalez[4].

Entonces, ¿por qué Colón y Fray Junípero? Se me antojan movimientos oscuros que justificarían este linchamiento-colectivo-fake que recuerda otros tiempos. Manipulación, conspiración, ignorancia… Es mucho más simple. Cuando uno ha leído a René Girard, se da cuenta de que no hace falta lógica, ni justificación para una representación colectiva del fenómeno de chivo expiatorio. La masa experimenta una agitación cíclica sedienta de sangre. Se necesitan purgas, tiempos de catarsis que permitan al ser humano expulsar la violencia que debería ejercer sobre sí misma por las frustraciones acumuladas, las violencias recibidas en la vida cotidiana. Es necesario que alguien pague por todos, decía Caifás, aunque sea un símbolo.

Colón –no hace falta que expliquemos por qué no Isabel I o Jaime I de Inglaterra, o Walter Raleigh o George Washington– es el chivo expiatorio ideal. Por un lado, convergen sobre él la Leyenda negra suscitada por los genocidas británicos que colonizaron EE. UU. y, además, permite que converja sobre él, el todo reductivo que simplifica el estereotipo de víctima culpable. Por otro lado, Fray Junípero –tampoco hace falta detenerse en el tema de la influencia hispana y católica en la neocolonización del Sur al Norte actual, en la sistemática persecución que se está llevando a cabo a los hispanos y a su amenazante identidad–: sobre él converge todo el aparato victimario de la nostalgia de este mundo pagano arcaico que anhela estos sacrificios tan estéticos y bellos, y, además, tan suyos, tan autóctonos. No se han enterado de que lo que este fraile anunciaba era la disolución de todo sacrificio que no fuera por amor. Que lo que el evangelio traía, es verdad que a veces contaminado y usado por el afán pagano de poder de los colonizadores, era la declaración de inocencia de todas las víctimas, una superación definitiva de todo sacrificio. Nada que ver con lo que el ateísmo ilustrado nos ha impuesto que creamos y pensemos de él.

 

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Ángel Barahona Plaza es miembro de la Comisión Diocesana por la Comunión Eclesial
Publicado el 5 de julio de 2020

 

 

[1] Artículo de Nirmal Dass: https://dailycaller.com/2018/05/05/cannibalism-and-child-sacrifice-are-obvious-evils/ , facilitado por Jose Carlos Abellán 20/06/2020.

[2] Pedro Cieza de León, “Crónica del Perú”, 1550.

[3] Fray Toribio de Benavente, Motolinía, “Historia de los indios de la Nueva España” [1541].

[4] Yolotl Gonzalez Torres, El sacrificio humano entre los mexicas, de, FCE México, 2013.

 

 

 

 

 

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