Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 16º

Unidad Pastoral de San Blas
Parroquia de la Candelaria

Día décimo sexto del Estado de Alarma.
Domingo, 29 de marzo de 2020.

 

Buen domingo. Que sea un día de esperanza renovada para todos nosotros, vivos y difuntos. La resurrección de Lázaro, hermano de Marta y María, amigo de Jesús, nos abre las puertas de la confianza ante Aquel que se presenta diciendo: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Lázaro, como una parábola de lo que sucederá con Jesús, y de lo que le sucede a la humanidad, es sacado del sepulcro y devuelto a la vida por Él. También nosotros hemos sido elegidos para la Vida. La muerte no es el final del camino. Nuestro destino es resucitar con Él en una mañana de primavera. No nos separemos del Papa Francisco en su insistente oración por el fin de la pandemia.

La penuria humana en la que vivimos nos llena de dolor y de pesar. Mucho pensamos todos en estos días en las personas que pierden a un ser querido. Una tarde, por la fiebre, le acompañaron hasta el hospital. Iba con dificultades respiratorias. Y allí le dejó su familia, llenos de temor y de esperanza. Dos días después, les comunicaron que murió. Y ya no le han vuelto a ver, ni a verse en sus ojos, ni a sentir su presencia, ni a acariciar su pelo, ni a oír su voz, ni a abrazarle, ni a sentir sus abrazos, ni sus besos, ni sus consejos, ni la luz propia de su ser, ni el calor y ternura de su corazón. Ya no volverán a verle. Ni siquiera saben cómo ni cuando murió, ni si tuvo alguna mano amiga con guantes a la que asirse, o si pudo encontrar una tierna mirada de despedida escondida tras alguna mascarilla.

Son miles las familias que han perdido la vida de los suyos, muy amados, y sólo les queda mantenerse en cuarentena de soledad, de silencio atronador, de la escucha de su propio eco vacío. Muertes que se sustentan en ese otro tipo de muertes vivas, angustiosas, calladas, con lágrimas que nadie ve ni comparte, con ojos, mejillas y pañuelos empapados de sufrimientos, con corazones desgarrados por el horror, la oscuridad, la rabia y el cansancio de contemplarse en esa desdichada soledad impuesta, en esos mantras cansinos de preguntas reiterativas sin respuestas: ¿Por qué?, ¿por qué a él, a mí?, ¿por qué este virus maldito?, ¿por qué está soledad?, ¿por qué este horror?, ¿por qué no me pude despedir?, ¿por qué no puedo compartir esto con nadie?, ¿por qué no recibir un abrazo?, ¿por qué se ha ido?, ¿por qué me lo han robado así? ¿por qué, Señor, por qué?

Estas historias las estamos viviendo cada día. Esperas de varios días para poder iniciar un duelo aceptable, tras enterrar los cuerpos o las cenizas. Mucho dolor se acumula en muchos corazones. Algo se está haciendo mal. No podemos ir más allá. Pero, sí podemos todos sentir ese dolor, su dolor, el de ellos, el de todos estos familiares. Hagámoslo nuestro. Y desde él, y con ellos, oremos junto a tantas familias destrozadas, divididas en soledades motivadas por la reclusión en la de la pandemia y, tal vez en cuarentena, contagiadas por la convivencia previa con las víctimas.

Y, compartiendo su dolor, humildemente compartamos también la esperanza. Los que se van, pasan directamente, como los mártires, a vivir en la luz y en la paz, abiertos, en la entrañable misericordia del Padre, a la Resurrección y a la Vida que es Cristo. Los que se quedan en semejante soledad, hagamos que cuenten con nuestra palabra, con nuestro aliento, con nuestros detalles, que se sepan hermanados en la distancia impuesta. Y que cuando acaben estos días de huella imborrable, hagamos celebraciones, actos de reparación y funerales para recordarles, para mostrar nuestro amor, nuestra gratitud y el reconocimiento social y comunitario que, en estos momentos, no les podemos ofrecer. Y, sobre todo, compartamos la esperanza. Dios está, no nos quepa duda. Él participa en los cuidados que dispensamos. Él nos mantiene vivos y resucitados, al servicio de los enfermos y de los pequeños. Él se adentra en las manos de los sanitarios para sanar y aliviar, en nuestros pulmones para alentarles y darles fuerzas. Todos hemos sido resucitados, hechos hombres y mujeres nuevos, bautizados, para colaborar con responsabilidad en este mundo, y para por él, haciendo el bien, como Jesús.

Y hoy concentremos nuestra oración común, nuestras peticiones en la participación en las eucaristías dominicales televisadas, en hablar al Señor de todos estos familiares destrozados por la ausencia enrarecida de sus difuntos. Y pidamos también por esta muchedumbre de hermanos muertos. Por ellos tenemos herida el alma, aunque sabemos que ya están en paz y participando de la Mesa del Señor.

Padrenuestro…
Dios te Salve María…

Antonio García Rubio.