Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 55º

Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 55º

Foto Karolina Grabowska – Imágenes de archivo gratis Kaboompics.com

Unidad Pastoral de San Blas
Parroquia de la Candelaria

Día quincuagésimo quinto. Estado de Alarma.
Jueves, 7 de mayo de 2020.

 

Buenos días, amigos. Entre todos. Somos nosotros. Somos un Cuerpo.

¿Por qué sufrimos cuando sufre cualquiera de nosotros? La respuesta es sencilla, porque en realidad somos NOSOTROS. En estos días hemos percibido de un modo admirable el hecho de ser un Cuerpo. San Pablo nos desveló para la fe esta bella realidad de ser un Cuerpo. No era el primero en usar este símil en su época. Cada uno es un miembro que forma parte de un Cuerpo, y todos formamos el Cuerpo. Por eso, cuando uno, que es parte del Cuerpo, sufre o enferma, todos sufren con él. Esa sentida experiencia, el cristianismo ha intentado introducirla en el alma del pueblo creyente; y otros muchos hombres y mujeres de fe o de buena voluntad intentaron e intentan vivirla cada día, de modos diferentes, en la tierra. Pero, tristemente, a este constructivo y humilde Cuerpo, el individualismo narcisista y consumista, en el que nos han o nos hemos embarcado, lo hace añicos, junto a otras enormes arbitrariedades. Por eso, este individualismo, contrario al Cuerpo, resulta ser extremadamente peligroso para el mantenimiento de la vida en el Planeta. El individualismo feroz que practicamos todos, por extensión de los que manejan el mundo, es la más clara manifestación de que el ser humano se va apartando de su raíz, va creando una grave alteración en los sistemas nutrientes del Universo, se va desgajando de su naturalidad comunitaria, y camina como un dinosaurio poderoso y embebido de sí, a la deriva.

La enfermedad del coronavirus pretende ser un correctivo de la naturaleza, un toque de atención, un ejercicio de memoria, un aliento en dirección a la meta común de la humanidad. NOSOTROS.

Recuerdo una meditación, contemplación, que se me dio a vivir hace tiempo. En ella mi persona era la que, cansada de sí misma, me pedía escuchar atentamente la voz de mi propio corazón. Cuando uno toca fondo, si lo toca experiencial y vivamente, y la sensibilidad avisa a la conciencia, y se pone a la escucha con limpieza de alma, aparece una humilde luz en el camino. Todos hemos pasado épocas de la vida, tras alguna crisis considerable, en la que el estado de gracia que viene a continuación de la crisis, se prolonga por un cierto tiempo.

En uno de esos tiempos se me dio a entender algo que parece un rompecabezas, o un entretenimiento intelectual, pero que responde a la gran y definitiva experiencia humana: que yo no soy yo, que mi yo en realidad es un modo de aprender a convivir y compartir en común, en el seno de la comunidad, en la riqueza de la diversidad y en la conciencia de que somos un cuerpo, y que unos y otros al complementarnos, creamos un gran Cuerpo, una muchedumbre inmensa, incontable, de toda lengua y nación como dice el Apocalipsis. Somos un pueblo. Y nuestro destino es ese, ser un pueblo, ser NOSOTROS. Todo lo que sea desgajar, romper, partir, dividir, enfrentar, robar, fragmentar o individualizar, es destruir, es abocar a un mundo en descomposición y sin salidas. Durante un tiempo decidí decir siempre NOSOTROS. Pero no duró mucho la alegría en la casa del pobre. El individualismo nos barrió del mapa.

Este del coronavirus, es un tiempo propicio para volver a nuestro ser, al NOSOTROS que nos constituye, y nos da la nueva y verdadera identidad. La libertad no teme a la comunidad. Al contrario, sólo la libertad constituye el núcleo de la verdadera comunidad. Sin hombres libres no hay comunidad. Y, sin comunidad, sin cuerpo, tampoco hay libertad. La libertad que pregona el individualismo es una locura y una distorsión de la mente. Cuando el ego que sustenta la mente se desgaja, la libertad se pierde, y con ella la comunidad. Cada uno se  encuentra con su verdadera libertad, se da cuenta de que nada tiene que ver con esa pegajosa libertad del egoísmo ambicioso e individualista, con esa libertad sugerida y secuestrada por el dios dinero. Somos libres para servir y para construir la casa y el cuerpo común. Este aprendizaje en el nosotros, si es auténtico y se le deja correr, se transforma en salvación para la humanidad. El cristianismo, con Cristo encarnado y crucificado, siempre ha ido a la cabeza.

Siempre ha sido un peligro pretender uniformarnos e imponer un sentido comunitario degradante, manoseado, retocado, y convertido en una experiencia oscura, autoritaria y pedante. El NOSOTROS de Dios, que es Él, y brota de Él, que es la Trinidad Santa, sólo puede surgir en la historia desde la conciencia iluminada por mujeres y hombres libres y coherentes. Lo contrario, siempre serán manipulaciones de personas-individuos, llenos de ego, y buscadores de su gloria.

Acaba apasionado por ser un hombre libre, como Cristo, sin estar sometido a nada ni a nadie. Ora con sensibilidad y sosiego por los difuntos, por los enfermos, por los parados, por los ancianos, y por los que no tienen lo necesario para vivir con sus familias. Y pregúntate qué puedes hacer para renacer como un hombre libre, que se llame NOSOTROS.

Padrenuestro…
Ave María…

 

Antonio García Rubio.