Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 56º

Foto Toño Casado

Unidad Pastoral de San Blas
Parroquia de la Candelaria

Día quincuagésimo sexto. Estado de Alarma.
Viernes, 8 de mayo de 2020.

Buenos días, amigos. Ser un Cuerpo nos abre las puertas del Sacramento que expresa nuestro ser “NOSOTROS”.

Desde que comenzó el confinamiento, y se nos privó de participar juntos en la Misa dominical, y así celebrar el encuentro de gracia que es alimentarnos de Cristo, tuvimos la sensación de que se nos abría la puerta de una reflexión-oración sobre lo que nos faltaba: la seña de identidad de la fe común, la conexión habitual del “NOSOTROS”, de la Iglesia.

Esta reflexión sobre la eucaristía no pretende ser ni litúrgica ni teológica, sino: humana, espiritual, vivencial y comunitaria.

1. HUMANA. Nuestras eucaristías están plagadas de nombres de hermanos y amigos, cuando no de enemigos, de gestos y saludos, de memorias y celebración, de cultura y religiosidad, de sonrisas y abrazos, de composturas: brazos en alto, inclinaciones, postraciones, movimiento de los cuerpos; de comida y bebida, de mesa y asiento en torno a ella, de recuerdos y palabras ardientes, de humildad y perdón, de anhelo de paz y alegría desbordante, de lutos y tristezas, de futuro y de la nueva vida. Las misas son una escuela de humanidad, de mutua relación, de cultivo de amistad y fraternidad, de ayuda en las necesidades, de equilibrio de pensamientos y deseos nobles, de belleza: flores, cantos, música, versos, y de fiesta. ¿Cómo no vamos a echar de menos la eucaristía?

2. ESPIRITUAL. La eucaristía es una búsqueda espiritual para el Cuerpo que somos, para el hijo de Dios que habita en cada uno de nosotros desde el bautismo. En la eucaristía se recrean los hijos de Dios, alimentándose de Cristo, al que comen y beben. Una vez a la semana, en el Día del Señor, dan consistencia al hombre nuevo que están llamados a ser, para que se desarrolle, y se identifique más con su Señor. Y lo hacen escuchando su Palabra, y dejándola caer sobre su ser como orvallo o lluvia fina. De ese modo, rebrotan con naturalidad, al oírla proclamar en la asamblea. El hombre y la mujer espirituales, mantienen la Palabra como una semilla sembrada en sus entrañas, y les crece en lo secreto, como crece la perla dentro de la ostra. La eucaristía semanal colabora con ternura infinita, al cuidado del hombre nuevo en Cristo que es cada cristiano. ¿Cómo no vamos a echarla de menos?

3. VIVENCIAL. Todo en la eucaristía ayuda a hacer de ella un tiempo especial y vivencial. Un tiempo abierto a ser convertido en una experiencia viva, ardiente y gozosa del Resucitado. Sólo así la eucaristía rompe los parámetros del tiempo lineal, y pasa a ser una vivencia profunda que despierta en el creyente la aparición de unos ojos nuevos en su corazón. Como les sucedió a los discípulos de Emaús, sentados a la mesa partiendo el pan, o al discípulo amado, al ver las brasas encendidas y el pez en la orilla del lago. “¿No ardía nuestro corazón?” Sólo el corazón que arde, o lo nota arder en la intimidad del alma comunitaria, se sabe un testigo. Como lo fue Moisés al contemplar la zarza ardiendo. Como lo fueron los discípulos, el día de Pentecostés, cuando experimentaron la presencia del Espíritu, como llamas de fuego ardiente, que transformaba radicalmente sus vidas y proyectos. Ellos son los testigos del Señor. “¡Es el Señor!” “Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro… ¡rompe la tela de este dulce encuentro!”, san Juan de la Cruz, místico, testigo del Señor con su poesía. Cada domingo, en la misa, Él rompe la tela del tiempo, para hacerse presente y visible a ojos de sus discípulos y testigos, de NOSOTROS. La eucaristía es la Cena de amor y despedida de Jesús, a punto de morir, para quedarse con nosotros hasta el fin. Con la Iglesia, cada uno de nosotros, vuelve a vivenciar a Cristo vivo, que sigue bendiciendo nuestras vidas, y proyectándolas sobre el mundo en una MISIÓN de fraternidad y de justicia. ¿Cómo no vamos a echar de menos esta celebración?

4. COMUNITARIA. La eucaristía está planteada para ser una experiencia comunitaria. No es un gesto individual. Ha sido el gran regalo del amor de Dios a los hombres. Ha de ser vivida como memoria viva del amor hasta el extremo. Ha de ser transmitida en la mesa fraterna, y en el necesario, humilde y radical servicio a los sencillos y a los pobres, lavándoles los pies. Y ha de ser vivida en unidad, en comunión, en vida comunitaria y fraterna. “Que os améis, como yo os he amado”. “Que todos seáis uno para que el mundo crea”. La eucaristía es recuerdo vivo, memoria permanente de la presencia de Cristo, que aparece “cuando dos o más están reunidos en mi nombre”. Y sin olvidar que, sólo si vivimos en comunidad de vidas, de fe y de bienes, podremos ver aparecer al Señor ante nuestros ojos. ¿Cómo no vamos a echar de menos la celebración de la vida común?

Es tiempo de prepararnos para vivir la vuelta a la eucaristía de un modo renovado, alejado del frío individualismo, del insensible desamor, de la racionalidad desconfiada, y de la ausencia de humanidad. Seguro que tu parroquia te espera con la puerta abierta y el corazón caliente, para celebrar al Señor, para despertar tus ojos a su visión, para volver a sentir como tuya su misión de entrega y servicio a los pobres, y para que vuelvas visiblemente a ese “NOSOTROS” comunitario del que nunca hemos de alejarnos. “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno”. (Hechos 2, 44).

Entra, como cada día a lo largo ya de 56 días, en tu tiempo de silencio y oración. Quizá estés ya en unos minutos de lentitud, tras leer, o tras escuchar la misa por televisión. Siéntete unido a Cristo Jesús, con el suave aroma que aporta la belleza, la verdad y la bondad. Como cada día, pide por el fin de la pandemia, junto al Papa Francisco. Ora con fe y amor por los difuntos, enfermos, parados, ancianos, afligidos, rotos, depresivos o los que carecen del pan de cada día. Pide por el personal sanitario, el educativo y por todos los voluntarios que se prestan para ayudar a los demás.

Padrenuestro…
Ave María…

Antonio García Rubio.

 

 

 

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