Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 40º

Unidad Pastoral de San Blas
Parroquia de la Candelaria

Día cuadragésimo. Estado de Alarma.
Miércoles, 22 de abril de 2020.

 

Que la alegría del encuentro con el Resucitado esté bien asentada en tu corazón.

El salmo 33 te anima a buscar el encuentro que ilumina una vida: “Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.” Tu vida de creyente la comprendes un poco mejor, ahora que, en el confinamiento, no tienes celebraciones en tu parroquia. Porque así ves que vida de fe no se reduce a la asistencia al culto, a guardar los mandamientos, a dar donativos a los pobres y a colaborar con la Iglesia; a pesar de que esas expresiones comunitarias las puedes seguir realizando a través de los Medios o de tus aportaciones. Lo que ahora sucede con tu fe silenciosa y honda, antes no lo valorabas suficientemente. No te era fácil comprender la autenticidad y la verdad de lo que sucede en tu intimidad creyente, cuando buscas en la oscuridad del dolor y con el corazón herido. Es ahí donde recibes, en el encuentro con el Señor que te busca, unas migajas de iluminación, y una llamada de amor a la conversión de tu vida. Ese encuentro no es artificial. Jesús no le quita a tu fe profunda, la tensión que te hierve, al vivirla en medio de la soledad y la oscuridad de este momento.

Al ser puesto a prueba por la pandemia, cada día das la medida de tu humanidad. Y, al estar bautizado, das también la medida de tu fe, de tu vocación y de tu entrega. Jesús te llama por tu nombre para que seas su discípulo, su testigo. Te llama a comer con Él, a compartir su pan y su cruz, y a participar de su entrañable amor a los enfermos, heridos y crucificados como Él. Te llama para escuchar y estrechar tu relación de amor con el Padre. Te invita a mantenerte y permanecer en Él, a vivir la alegría de su luz y su amor; a expandir con humildad y sin manipulación alguna, su aroma, su aliento, su perdón, su bondad, y su camino de liberación para la humanidad humillada. Te llama a desarrollar la amistad con los pobres, a mostrarte libre ante los poderes del mundo, a vivir santamente, a ser austero y hacer renacer una tierra libre de extorsiones y contaminación. Recibes estos días una vocación a hacerte una piña con Él, a vivir íntimamente unidos, como lo está el sarmiento con la vid. Y así, haciendo el bien, junto a la gente de buena voluntad, sin darte cuenta, abrirás la puerta de acceso al Padre a los que buscan sin saberlo: los sedientos, los que tienen hambre y sed de justicia, los pequeños, sencillos y humildes que ansían un mundo nuevo y en paz, donde vivir dignamente como lo que son: hijos de Dios y hermanos unos de otros.

Cuarenta días son muchos días. Y has de seguir así. Has pasado en Cuarentena, parte de la Cuaresma, la Semana Santa, la Octava de la Resurrección y, ahora, recorres el camino Pascual hasta Pentecostés. La sociedad entera, y sobre todo las familias visitadas por la muerte, los enfermos y los pobres, está perpleja ante su dolor, y al ver a su ciudad ocupar los primeros puestos en el ranking de las cifras más altas de incidencia del coronavirus en el mundo. ¿Por qué nos sucede esto, y de modo tan traumático?

Dice hoy el evangelio de Juan 3: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.” Santa Teresa decía con palabras parecidas a estas, que si uno se mira en un espejo, y lo hace desde lejos y en penumbra, no se ve en realidad como es. Sólo se ve en él de verdad, si se acerca y pone delante una luz. Entonces si puede contemplar sus arrugas, la tristeza de sus ojos, el temblor de su mentón, la dureza de sus músculos cansados de mentiras, o la profundidad de sus heridas… Hay un refrán que dice que: “De noche todos los gatos son pardos.” Cuando estás lejos de la luz, vives tranquilo en tus mentiras aceptadas y medidas. Aprendes a mantenerte a la distancia adecuada del espejo para tener de ti una imagen placentera y no inquietante. Pero, no te apoyes en tus mentiras o medias verdades. Cristo ha venido para iluminarte el rostro, y denunciar tus apariencias. Él no es un espejo falso.

Pero muchos huyen del espejo clarificador e iluminado. No aguantan su luz. Prefieren mantenerse en la ambigüedad y en la comodidad de sus disfraces y postureos, adaptados a la oscuridad de su noche. Muchos creyentes se empolvan los rostros y emperifollan sus figuras, tratando de engañar a los demás, engañarse a sí mismos y engañar a Dios, pero no lo consiguen; y así, sus vidas aparecen, a ojos luz, como una falsedad.

Si pretendes que tu fe sea valorada y sea significativa en esta sociedad desconfiada, a la que le ha dado en no creer en nada ni confiar en nadie, a “esta segunda inocencia que da en no creer en nada”, que decía Machado, es fundamental que recuperes la sinceridad contigo mismo, y que seas “sincero para con Dios”, que decía el obispo Robinson hace años. Estás es un tiempo como para mirarte de verdad en el espejo, y a la luz de Cristo, en quien no hay engaño. Aprovecha, pues, el silencio de la pandemia para iniciar tu camino de conversión o de acercamiento a Él. No le temas. Teme a los que matan la inocencia, la libertad, la espontaneidad, la confianza o el amor en tu alma. La oración es un descanso, te relaja y te despoja con suavidad del engaño de lo que no es.

Pide entre lágrimas, junto a tus hermanos, el cambio del propio corazón, y un cambio de corazones. Pues, si los corazones no cambian, la sociedad no cambiará. Y el corazón no cambiará, si no se deja iluminar por su Luz. En tu silencio confinado, pide también por tantos hermanos y amigos víctimas de la pandemia, por los que van saliendo de la prueba de la infección, por los que siguen cuidando a los enfermos, y arriesgándolo todo por ayudar, sanar o aliviar la callada vida de los mayores, y de los que no tienen los bienes necesarios para subsistir.

Padrenuestro…
Ave María…

Antonio García Rubio.

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