Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 47º

Reflexiones desde San Blas en tiempos de cuarentena – Día 47º

 

Unidad Pastoral de San Blas
Parroquia de la Candelaria

Día cuadragésimo séptimo. Estado de Alarma.
Miércoles, 29 de abril de 2020.

 

Buenos y perdonados días, amigos y hermanos.

El Espíritu de Jesús nos regala un nuevo y humilde horizonte: Adquirir el don de ser y vivir en Jesús, de ser como Él. Sólo con estar a su lado, nos contagiamos de su aliento y su palabra, de sus gestos y su humanidad, de su amor por el Padre y por cuidar a los explotados, depresivos, abandonados, enfermos, excluidos, parados… Su amistad gratuita es como una inyección de moral. Con su aliento, sin que sepamos bien cómo, cuidando el corazón y nuestra presencia en los ambientes de los últimos, vamos creciendo. Jesús habla de una semilla que una vez sembrada en lo profundo de la tierra, crece sin que, despiertos o dormidos, nos percatemos de su crecimiento. Así está sucediendo ahora en ti, en mí, en nosotros. Demos gracias.

Al crecer nuestro ser espiritual, el hombre nuevo que contemplamos en el oscuro silencio del alma, nos asombra. Pero, al sacar fuera la cabeza, a la historia cruel que atosiga, vemos que no todo concuerda con el crecimiento del don recibido. Porque, lo que progresa dentro es la ayuda para colaborar con lo mejor de nosotros mismos para el crecimiento del Reino, del mundo fraterno anhelado: valientes hermanos, corazones trasparentes, gentes iguales reconciliadas, entregadas a los que ni tienen, ni cuentan, ni valen. Porque un sistema económico agoniza y cae, víctima de su propio poder, como los dinosaurios, la gran Babilonia del Apocalipsis. Al contactar con tu hombre interior verás que tú mismo le pones resistencias a su crecimiento amoroso, y se te mostrarán formas, estilos y actitudes tuyas que no son buenas, que son engañosas. La pelea entre el pecado y la gracia no sólo está fuera, también la tienes dentro.

Presta atención hoy a una de ellas: el victimismo. Honremos diariamente a las víctimas inocentes de ese sistema que destruye vidas o las reduce a condiciones no humanas. Qué bueno sería que nueva conciencia que nace estos días diera paso al aprovechamiento de los bienes y herramientas suficientes con los que cuenta, para que todos los seres humanos vivan con dignidad. Honremos siempre a las víctimas. Es necesario reconocerlas, repararlas, devolverlas la entera dignidad, pedirlas perdón. También a las muchas víctimas inocentes que está provocando esta pandemia.

Pero, prestemos también atención a una variante entre las víctimas, al que vive del victimismo. Ese es el que aprovecha el tirón, toma su victimismo por bandera y cada herida por una medalla, se restriega cada día en sus heridas, y se regodea con ellas ante los demás cómo si fueran trofeos. No existen sólo unas personas con victimismos; todos los practicamos en mayor o menor medida. La causa de ese modo de ser suele aparecer como consecuencia de la soledad no deseada, de las heridas o dolores no reconocidos, del protagonismo frustrado, de la afectividad desmoronada, o de la condición prolongada de marginalidad, desprestigio o pérdida de relevancia social. El victimismo se relame en sus heridas y las muestra sin pudor como si fueran trofeos de competición juvenil. Las familias, las comunidades, las asociaciones, las pequeñas empresas difícilmente toleran la presencia de victimismos exagerados. Resultan ser un agobio, o una extenuación para los demás.

Hemos de aprender a usar la gran medicina: el perdón. Nos olvidamos de él con excesiva facilidad. Cuando se nos ofrece la gracia del perdón, el que damos o recibimos, el que pedimos u ofrecemos, el que aceptamos o acogemos, cambia el tono del corazón y de la mente, y empezamos una nueva e interesante aventura, la más afortunada de la vida: el olvido de sí. El dolor no asumido nos hace estar obsesivamente pendientes de nuestro ego herido, de ahí el victimismo, pero si el perdón cura las heridas, nos olvidamos de nosotros y nos dedicamos a servir a los demás y a curarles sus heridas. Y comenzamos a vivir los que estamos llamados a ser: servidores y trabajadores gratuitos en favor de los demás. La salida al victimismo es la generosidad desbordante de la vida. Perdónate a ti mismo, a los que te ofenden, como hizo Jesús, y renace como hombre libre de culpas y victimismos.

El victimismo es una rémora que te hace malvivir del pasado y no te deja avanzar. Deja, pues, de pelear con los demás por el número de pastillas que te tomas, por las batallas y heridas de tu pasado, por tener más amigos enfermos o muertos en la pandemia, o un número mayor de heridas recibidas por los malos de tu vecindad o familia. Deja de hacerte el protagonista o el importante por el regodeo con tus heridas. Deja de relamerte el ego, y ponte a curar como buen samaritano las heridas de los que no se quejan, pero esperan tus manos, tus labios, tu corazón, tus pies, tu sonrisa, tu escucha, o el regalo del perdón del amor de Dios.

Reza en silencio. Pide la liberación de todo victimismo para ti y para la sociedad. Reza por los enfermos, los que se van, y las grandes víctimas que precisan de reparación y sanación, las que provienen de la pandemia, el desamor, la violencia de género, los abusos, los malos tratos, la trata de personas, y, sobre todo, de mujeres…, y pide también por las personas que se instalan en el victimismo, y no saben salir de ese estado paralizante de sus vidas.

Padrenuestro…
Ave María…

 

Antonio García Rubio.